Evangelio del domingo, 28 de Marzo de 2021

Primera lectura



Lectura del libro de Isaías (50,4-7):

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados. El Señor me abrió el oído; y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos. El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Palabra de Dios


Salmo

Sal 21,8-9.17-18a.19-20.23-24

R/. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Al verme, se burlan de mí, hacen visajes,
menean la cabeza: «Acudió al Señor,
que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere.» R/.

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R/.

Se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R/.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alabadlo;
linaje de Jacob, glorificadlo;
temedlo, linaje de Israel. R/.



Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (2,6-11):

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios


Evangelio

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos (15,1-39):

C. Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato. Pilato le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
C. Él respondió:
+ «Tú lo dices.»
C. Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas. Pilato le preguntó de nuevo:
S. «¿No contestas nada? Mira cuántos cargos presentan contra ti.»
C. Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado. Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran. Estaba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta. La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre. Pilato les contestó:
S. «¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?»
C. Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían entregado por envidia. Pero los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás. Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:
S. «¿Qué hago con el que llamáis rey de los judíos?»
C. Ellos gritaron de nuevo:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Pilato les dijo:
S. «Pues ¿qué mal ha hecho?»
C. Ellos gritaron más fuerte:
S. «¡Crucifícalo!»
C. Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran. Los soldados se lo llevaron al interior del palacio –al pretorio– y reunieron a toda la compañía. Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y comenzaron a hacerle el saludo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!»
C. Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante él. Terminada la burla, le quitaron la púrpura y le pusieron su ropa. Y lo sacaron para crucificarlo. Y a uno que pasaba, de vuelta del campo, a Simón de Cirene, el padre de Alejandro y de Rufo, lo forzaron a llevar la cruz. Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero él no lo aceptó. Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno. Era media mañana cuando lo crucificaron. En el letrero de la acusación estaba escrito: «El rey de los judíos.» Crucificaron con él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda. Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor.» Los que pasaban lo injuriaban, meneando la cabeza y diciendo:
S. «¡Anda!, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz.»
C. Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de él, diciendo:
S. «A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar. Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos.»
C. También los que estaban crucificados con él lo insultaban. Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde. Y, a la media tarde, jesús clamó con voz potente:
+ «Eloí, Eloí, lamá sabaktaní.»
C. Que significa:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»
C. Algunos de los presentes, al oírlo, decían:
S. «Mira, está llamando a Elías.»
C. Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:
S. «Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.»
C. Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:
S. «Realmente este hombre era Hijo de Dios.»

Palabra del Señor


Reflexión

La hondura, dramatismo, tristeza, silencio, queja, burla, confianza, muerte…y un largo número más de sentimientos y circunstancias, que se le presentan al cristiano-lector-orante de la Pasión de Cristo en el evangelio de Matero, no lo pueden dejar indiferente.

Los tiempos que nos han tocado vivir, puede llevar a los seguidores de Cristo a presentar, con el Salmo 22, una queja, quizá infundada, a Dios: “¿Por qué me has abandonado?”. Son las mismas palabras que puso Jesús en sus labios poco antes de su muerte. “Son las de un inocente perseguido y rodeado de adversarios que quieren su muerte; él recurre a Dios en un lamento doloroso que, en la certeza de la fe, se abre misteriosamente a la alabanza” (Benedicto XVI). Son también las palabras que, ante la incertidumbre de muerte que nos rodea por efecto de la pandemia, muchos creyentes las pongan en sus labios.

Si Cristo las exclamó con voz potente, y los allí presentes no las comprendieron en su verdadero sentido; tampoco hoy muchos no las entienden, porque ni saben de Dios, y posiblemente ni quieran saberlo.

Cristo no corría tras la muerte, ni tampoco la deseaba y quería, aunque ello no conllevaba echarse atrás, ya que, dentro de su queja desesperada al Padre, destila una confianza(¿Por qué me has abandonado?) plena y total de fidelidad al proyecto del Reino del Padre para el mundo por Él creado. Cristo, siempre estuvo al servicio del proyecto de amor a la humanidad que Dios entregara al mundo desde sus inicios, como de amor a dicho proyecto.

La confianza del ser humano tiene que ser total, como la de Cristo en la cruz. Toda persona, imagen de Dios, aún en la soledad de la oración (como en el Huerto de los Olivos) y suplicándole que pase el cáliz del dolor, de la enfermedad, -a veces con muerte-, por la situación de la pandemia en que se vive actualmente, tiene que concluir con el mismo Él: «¡Abba! Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres».

Las lecturas de la eucaristía que preceden al evangelio, son un preámbulo de él. Isaías narra el siervo sufriente por causa de la fidelidad a la palabra, Cristo es también el sufriente por esa fidelidad al proyecto de Dios para con el mundo. En Filipenses resuena el anonadamiento del Siervo exaltado por Dios sobre todo y que el concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”; que es lo mismo que decir: Cristo vencedor de la muerte y transformador de la existencia humana. Cristo modelo de humanidad para la humanidad.

Releyendo el evangelio de la procesión de ramos del principio de la celebración, y meditando sobre él, aparecen concomitancias entre Cristo y el pollino que lo transporta. A saber: humildad, pobreza, mansedumbre… Además, escribe Marcos “encontraréis un pollino atado, que nadie había montado todavía” (11, 12), pudiéndose colegir de ello la pureza y limpieza del jumento donde se asienta el “Príncipe de la Paz”.

Todo seguidor de Jesús, tiene que ser portador de la paz, llevar en sus hombros además del Príncipe de la Paz, manifestarla con su palabra y su obrar.

Si, al menos al final de esta Semana Santa de este año especial, aunque no tanto como la anterior, al todo bautizado hace suya la frase del centurión: «Realmente este hombre era Hijo de Dios» será un signo de que se ha planteado la pregunta existencial de «¿Seré yo?» y que, de hacérsela, le llevará a un cambio de vida y a un mayor seguimiento del Cristo Resucitado en la noche santa de la Vigilia-Pascual.

Si Cristo puso en riesgo la credibilidad en los sistemas políticos, económicos e incluso religiosos del momento de forma pacífica, llegando incluso hasta la muerte, por el hecho de apostar por la persona, por la vida y por los valores que conducen a la paz, hoy día están aún sin concluir a la vez que impidiendo que el reino de justicia, de paz, de vida y de amor lleguen a la plenitud total del proyecto de Dios en Cristo: construcción del Reino de Dios entre nosotros y para nosotros.

Si la vivencia de este domingo, así como el del Triduo Pascual, nos llevan a preguntarnos «¿Seré yo?» es un buen principio para gritarle a Dios ¿por qué nos has abandonado? que hará que la noche de Pascua resuenen en nuestro corazón las palabras del centurión: «Realmente este hombre era Hijo de Dios».

Feliz y provechosa Semana Santa que debe culminar en la alegría compartida de la Pascua de Resurrección de Cristo.