¿Pandemia o pandemonia?

La palabra es pandemonio, pero con esto del feminismo es oportuno corregirla.

Wikipedia dice: La palabra pandemonio, traducida libremente como “todos los demonios”, es el nombre acuñado por John Milton para la capital del Infierno, “la Alta Capital, de Satán y sus acólitos”, construida por los ángeles caídos al final del Libro I de El paraíso perdido (1667). Pronto vino a designar un estado caótico en todos los órdenes y así se popularizó. Hoy el Diccionario de la Real Academia Española la define como: “1. m. Lugar en que hay mucho ruido y confusión”.

Así las cosas. Hay que reconocer que la pandemia ha generado una verdadera pandemonia (el cambio de género no es de la Academia sino de una costumbre en uso). Nos ha sumido en el caos y la confusión, y ha derribado muchas de nuestras pretendidas fortalezas. No pocos se sienten invadidos de un pánico histérico de inseguridad.

Ante situaciones nuevas que nos mueven el tapete, uno de los primeros impulsos que nacen (después del impulso de salir corriendo) es tratar de comprenderlas. No en balde somos seres racionales: ¿Qué está sucediendo? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué alcances tiene esto que nos pasa?



Para enfrentar esos interrogantes que surgen espontáneos tenemos dos poderosas visiones: la visión natural de nuestro entendimiento y la visión sobrenatural de la fe.

De Superman y otras visiones

Me atrevo a decir que, en la penetración del significado de las cosas, somos más poderosos que Superman; ya sé que él tiene visión microscópica, telescópica y de rayos X, pero estas visiones se mueven en un plano natural y los que no tenemos superpoderes, sino que somos de capacidades diferentes, podemos lograrlos con artefactos (o con prótesis, diría él). Pero nosotros tenemos además una visión de los significados últimos y los alcances eternos de las cosas.

Nuestra visión natural nos hace reconocer la pandemia como una verdadera amenaza. Mi vida, la de los seres queridos, la de todo el mundo, peligra. Gracias a esta visión, con los poderosos recursos de la ciencia, hemos podido conocer los agentes causantes del mal y buscar su remedio. Y también nos damos cuenta de las múltiples derivaciones del problema que ha venido a trastocar nuestros estilos de vida: la economía sufre graves daños; la atención hospitalaria se muestra en ocasiones a punto de colapsar; los sistemas educativos se han vuelto inoperantes; los problemas se multiplican y se busca, a veces a tientas, la manera de hacerles frente.

La inteligencia del fenómeno nos tiene que empujar a la acción. No se trata de un simple conocimiento teórico. Debemos emplear las medidas que están al alcance para proteger nuestra vida y la de los demás, y para aminorar las consecuencias económicas y sociales. En esto nos queda un largo camino por recorrer. No se vale actuar con indiferencia y menos con completa irresponsabilidad.

Pero tenemos una visión sobrenatural que va más allá y capta los significados de las cosas y sus propósitos últimos. Es la visión de la fe. Hay que aclarar que esas dos visiones no son opuestas sino complementarias. Para los que creemos en Dios y tratamos de penetrar el origen, el significado y el propósito de las cosas en su relación con nuestro destino eterno, las preguntas persisten: ¿Quién ha causado esto?, ¿por qué?, ¿para qué? A veces no provienen de una simple inquietud intelectual, sino que vienen cargadas de emociones intensas: nacen de la rebeldía, de la angustia o del dolor.

¿Diremos que la pandemia viene del demonio, como parece sugerir el título? No lo creo: la cultura de muerte que nos circunda podrá venir del demonio y los abismos de degradación moral a los que hemos llegado nos hacen pensar en agentes sobrehumanos; pero, en último término, lo que nos afecta y no proviene de nosotros, viene de Dios. Cambiará nuestra perspectiva de las cosas reconocer que la pandemia, con toda su cauda de dolor, provienen de la mano de un Dios que nos ama.

¿Qué busca Dios?

La pregunta del millón: ¿Qué busca Dios a través de la pandemia? Me parece que no puede ser otra cosa que nuestra conversión. ¿Y qué se logra con nuestra conversión? La respuesta tampoco puede ser más sencilla: con la conversión se alcanza nuestro bien. Conclusión: la pandemia es para nuestro bien.

Cuando Dios dijo: “hagamos al hombre a nuestra imagen”, no dijo después: “y démosle unos mandamientos para molestarlo”. No. Los mandamientos ya vienen con lo que somos, forman parte de nuestra naturaleza y no un añadido; son nuestro ser, de manera que si nos desviamos de ellos (¡y vaya que somos libres de hacerlo y lo estamos haciendo!), nos destruiremos, y hasta la misma naturaleza parecerá conspirar en nuestra contra. Sin embargo, Dios no quiere la destrucción del pecador, sino que se convierta y viva.

Los “pero”

Pero, ¿por qué busca esto Dios por caminos dolorosos? Respuesta: puede suceder que no hayamos atendido a los llamados suaves. Pero que necesitamos conversión es incuestionable, basta acercarse un poco a esos abismos de perversión que mencionamos.

Otro “pero”: ¿Por qué ha tenido que padecer también la gente buena? Respuesta: Somos solidarios pues así estamos hechos. Lo que hace uno repercute en los demás. A veces Dios puede utilizar los sufrimientos de gente buena en provecho de los perversos. Debemos recordar que para salvarnos el mismo Dios tuvo que sufrir. Él puede asociar los dolores de mucha gente buena a su obra redentora.



Cuando la ciudad de Nínive fue amenazada con calamidades por el profeta Jonás, ésta se convirtió. Nuestro mundo, asediado por múltiples desastres, ¿se convertirá al fin? No parece muy empeñado en hacerlo, mas bien busca salir de ésta para seguirle dando…

Pero sin duda muchos lo harán. La pandemia es un gran bien en atención a ellos, los que la tomarán como un verdadero llamado a reflexionar y a retomar el camino. Vistas así las cosas tendrán un motivo para regocijarse y agradecer a Dios el legado del 2020.

Por: Paco Pérez.